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viernes, 30 de abril de 2010

Aborto: La madre Teresa interviene.


Tan seguro del argumento de la concepción, plenamente válido, sin embargo tenía un vacío. Como premisa racional asumía que la concepción es un acto de la libertad humana, por tanto con intervención plena del entendimiento y la voluntad. El error, terrible para un racional, en especial en la lógica, es la posibilidad de falla en el acto libre. Como acto libre es plenamente válido, pero la concepción puede provenir de una voluntad o entendimiento fallido o erróneo. Es decir puede haber una mala concepción, y eso lo descubrí al volver a enfrentar la Iglesia de Constantino - Benedicto 16 con la Iglesia de la Madre Teresa, la iglesia del amor, la Iglesia de Jesucristo. La recurrencia a la madre Teresa y esta confrontación, me ayuda a vivir la fe en las épocas del opus Escribá de Balaguer. Recordaba como la Madre Teresa se ofreció a criar todos los niños que las madres no querían y desaban abortarlos. SU ofrecimiento era sincero, y no encerraba ninguna condenación a las mujeres embarazadas sin su consentimiento. La preguntas es porqué. La respuesta de la madre Teresa es: el mal concebido también tiene derecho a una vida.
No digo que no seguiré reflexionando el tema, pero, ¡qué gran persona la madre Teresa!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El conflictuado aborto 1. La persona

Que el aborto es tema conflictivo, no es ninguna novedad. Creo que es buena la discusión como tal. porque en ella se releva el tema de la vida, el respeto de la vida, la defensa de la vida, pero desde dos puntos de vista diferentes que, como resulta normal, se van radicalizándose hacia los extremos.
No es novedad, tampoco, afirmar que la discusión se da desde perspectivas diferentes, y por tanto inconciliables, ya que no hay punto medio posible. Los argumentos están en diferentes vías, que por tener diferente orientación y ubicación espacial jamás llegan a encontrarse. Hay como un bypass (¿existe una palabra en castellano para este término?, que no es puente ni circunvalación) y no hay manera alguna de ubicar la confluencia.
Por el lado de los opositores al aborto, el punto de partida es el derecho a la vida. Este derecho es intrínseco a la persona humana, y es el derechos fundamental. El aborto, como eliminación de la vida de una persona humana, atenta contra este derecho, además de ser moralmente más grave, en cuanto esta persona no tiene capacidad de defensa, por tanto se elimina su vida en posición de ventaja.
El problema, particular para los católicos, es que persona es prósopon, que significa máscara o careta, y se refiere a la relación del individuo ante el mundo. Por ello la persona posee entendimiento y voluntad, sin los cuales no puede presentarse al mundo. Antes del nacimiento, no hay prósopon, es un sujeto (ojo que es válido el término sujeto), absolutamente dependiente de la madre, es decir que vive por la voluntad de la madre, del padre, y de la sociedad que lo acoge.
Pero es un sujeto con individualidad, y este es el argumento que le otorga derechos independientes de la voluntad de la madre. El aborto, desde el punto de vista teológico moral, es intrínsecamente malo pues significa la oposición al proyecto divino. Este proyecto divino se manifiesta en la existencia de la persona como realidad contingente. Esa persona, que es un concepto filosófico teológico, y que es el sujeto dotado de entendimiento y voluntad, por tanto con libertad en si, tiene que tener una expresión inmanente, como lo es toda la manifestación de la voluntad divina. La creación es un acto de la voluntad divina, y evidentemente trasciende al tiempo, aunque el lenguaje humano lo ponga en un principio temporal. El principio creativo es filosófico, lo mismo que la finalidad. La comprensión divina es atemporal, o está por encima de las limitaciones del tiempo, lo que es un absurdo para nuestra existencia, pues solo entendemos y existimos en el tiempo.
El hombre, como sujeto que comprende la existencia, es el responsable del destino de la obra creadora divina, responsable en la dimensión de la inmanencia temporal. Porque solo él es capaz de comprender el origen y destino del mundo. Su misión es alcanzar esta comprensión, que sin embargo choca constantemente con su limitación finita. Este principio y finalidad son un misterio, con todas sus palabras. Misterio que el hombre intenta desentrañar, develar, alcanzar, pero que a medida que avanza, se encuentra con la comprensión real de su limitación, de lo lejos que se encuentra de la respuesta.
Esta misión del ser humano es colectiva, no puede ser una tarea individual, y es progresiva. Con el mismo desarrollo de la humanidad, como tal, va adquiriendo nuevas luces de ello. Pero el acto de comprender es individual, porque es la persona como tal, ese ser único e irrepetible, el que siente la necesidad de entender el principio y la finalidad.
La comprensión del principio y la finalidad, que nos es negada por nuestra situación inmanente, es alimentada por esta inteligencia colectiva, pero aun este camino es tortuoso y equívoco. No hay una percepción homogénea, sino variada desde la perspectiva de los diferentes individuos. El misterio, que debe ser develado, sigue estando oculto, aunque se va conociendo algo de ello. Sin embargo la teología nos muestra que la voluntad de Dios es también revelar este misterio por medio de signos, que son también manifestaciones inmanentes de su voluntad.
El sentido de la religión es la explicitación de esta voluntad divina de manifestar el misterio, y esto es la revelación.
Volviendo al tema, la persona es parte fundamental del proyecto divino de la creación. No es que la persona estaba en la mente de Dios, sino que está en la mente de Dios, es su voluntad. El oponerse a su voluntad es romper su proyecto, por ello es intrínsecamente malo.

martes, 15 de septiembre de 2009

Otra con el finito e infinito

A dónde va lo común, lo de todos los días:
el descalzarse en la puerta, la mano amiga;
a dónde va la sorpresa
casi cotidiana del atardecer;
a dónde va el mantel de la mesa,
el café de ayer,
a dónde van los pequeños terribles encantos
que tiene el hogar.
Acaso nunca vuelven a ser algo,
Acaso se van.
Y a dónde van.
(Silvio Rodríguez Domínguez)

La experiencia de infinitud la comprendí con el cálculo infinitesimal. Para ser más exactos, con el libro "Cálculus" de Tom Apostol, un tomaso reservado para los que habían avanzado en ciencias e ingeniería cuando cursaba entre el primero y segundo ciclo de estudios generales de ciencias en la Pontificia Universidad Católica.
Y si bien el libro para mi formación técnico científica no significó más que la oportunidad de tener un libro a préstamo por 24 horas, pero sus contenidos prácticos estaban muy a la distancia de mi capacidad de entender, le presté mucha atención al sentido fundamental del cálculo y a entender porqué la liebre nunca le ganaría a la tortuga, si le daba un segmento de ventaja.
Pero lo esencial, para mí era la comprensión que el infinito era lógico en lo infinitesimal, es decir la reducción más pequeña siempre tiene una reducción menor, o siempre puedo sacar la mitad de la mitad, sucesivamente nunca termina. Cualquier distancia es infinita, porque entre un punto y el otro, siempre hay infinitos puntos.
Matemáticamente el infinito tiene lógica, como también lo tiene el vacío, o cero absoluto. Pero el cero no existe por definición pura, si existiera, tendría valor, no sería cero.
Pero la matemática es un sistema lógico basado en parámetros con reglas, un hermoso gran juego que le brinda a los matemáticos la posibilidad de romperse la cabeza en teoremas y operaciones complicadas. La matemática no es la realidad, es una simulación de la realidad. Es la simulación de la realidad más aceptada por ello es la que tiene mayor prestigio.
Nadie inventó las matemáticas, y esto es lo extraordinario, se han difundido porque su conocimiento profundo implica el uso intensivo de capacidades encefálicas, pero también un gozo solo similar al que los juegos nos pueden dar. Investigar en matemática es jugar, co niveles más altos cada vez de dificultad. Y es el grado sumo del juego aquel en el que la respuesta no ha sido conocida nunca. La solución a ciertos teoremas por ejemplo.
¿Pero ese infinito, tan perfecto, tan estable, tan lógico, cubre el ansia de infinito que albergo en mi corazón?.
La respuesta es más que evidente.
Seguiremos divagando.

miércoles, 7 de enero de 2009

Dios, ¿Creer desde la racionalidad?

Dios es producto de la necesidad del hombre. Por ello es un producto humano. No podría ser de otra manera. Racionalmente todo concepto de Dios tiene la limitación de la comprensión humana. Al Dios trascendente lo comprendemos desde nuestra inmanencia. Es decir nuestra materialidad es la limitación para comprender lo que no está en lo material, lo espiritual absoluto.
¿Es válido?. Las posiciones extremas como el ateismo militante (el que opta por negar a Dios como objetivo de sus reflexiones) pueden afirmar que no es válido afirmar conceptos de lo que no se conoce. Sin embargo basta entender que el concepto de infinito es aceptado por la ciencia con plena validez, como hipótesis, así como fundamento. Sin el concepto de infinito las matemáticas estarían incompletas. Sin embargo nadie ha tenido la experiencia de lo infinito. Lo infinito es absolutamente ajeno a nuestra finitud, por tanto la adquisición del concepto solo lo puede ser por una reflexión.
Ahora bien, también la finitud nos es ajena. porque la verdadera finitud solo la experimentaríamos con nuestro final, el cual es incomprensible, pues justamente el sujeto reflexivo ya no es, no puede comprender su finitud al haber perdido la capacidad de comprender.
En filosofía esto significa, para mi, la necesidad de superar la posición de las esencias y saltar a las existencias. Al ser humano no le es posible alcanzar las esencias, en especial en lo que refiere a su propia naturaleza. Por ello los fenomenólogos asumirán que lo que apreciamos es apariencia. Lo esencial es invisible al hombre.
La Iglesia ha asumido la analogía del ser como el camino de comprensión de la esencia de Dios. Pero la fenomenología y el existencialismo nos trasladan a comprender las cosas desde la experiencia.
Y es que nuestra manera de conocer es por la experiencia, no tenemos conciencia de la finitud ni de la infinitud, tenemos conciencia de existir, y de vivir la experiencia de existir.
Por ello Dios mismo es producto de una experiencia. Es un producto de la experiencia humana. Es producto de su fragilidad.

martes, 21 de octubre de 2008

Afectividad y Vida Religiosa

Hace tiempo que no escribo. Pero el tema quedó en la afectividad, y este dentro de mi experiencia de vida religiosa. El término afectividad es amplio pero también específico. Amplio en el sentido de abarcar muchas situaciones humanas, casi todas, y específico porque en la persona es el enfoque desde una parte de lo que nos compone como eso: persona.
Si Freud tiene razón, el hombre responde en un esquema de equilibrio de tensiones, la vida y la muerte, el amor y el rechazo, la confianza y la sospecha, etc. Claro, también tiene razón la filosofía oriental (mis ancestros chinos) en el Yin y Yan, y la dialéctica de las contradicciones desde Descartes (¿Heráclito?) hasta Levinás, pasando muy especialmente por el brillante Carlitos Marx (no da puntada sin hilo, vale la pena leerlo, sin apasionamientos, su lógica es precisa).
Ese famoso equilibrio, es el que permite a la bioquímica entrar en la psicología (o psiquiatría) y verificar que los microelementos químicos que alimentan el cerebro deben tener un equilibrio tal que la abundancia o defecto de alguno produce las alteraciones a las que estamos acostumbrados vivir. Lo lamentable es que no conocemos exactamente la acción de cada elemento y se aplica mucho la estrategia del ensayo error, produciendo cada desequilibrio en algunos casos, con el problema que el ensayo solo puede ser aplicado en nosotros mismos, como seres humanos, ya que ningún otro ser animado posee la capacidad de entendimiento y voluntad del homo sapiens.

Pero volvamos a la afectividad y la Vida Religiosa. La pregunta es, ¿puede una vida ser afectivamente madura y al mismo tiempo ser casta?.
La castidad es producto de una renunciación. La cuestión es: ¿A qué se renuncia?, desde el punto de vista de la teología, que pàra mí es el único claro, es una renuncia al mundo, entendiendo al mundo como el poder de las afecciones negativas, en particular del egoísmo.

Esto es esencial, el egoísmo es la religión del YO, el mundo enteramente a mi servicio. Es la actitud natural del ser humano, se nace y sobrevive porque se tiene como objetivo la suprvivencia del yo. Pero esa supervivencia es dependiente, desde el nacimiento, y durante toda la vida. El yo exclusivo es incapaz de sobrevivir sin la colaboración del otro. Luego del nacimiento es evidente, absolutamente incapaces de sobrevivir por las propias capacidades, tiene que recibir la alimentaciòn, el abrigo y la salud de otro, particularmente de los padres. Y es en este proceso que se genera una dependencia y una afectividad que dialécticamente se entrega al niño egoísta por parte de los padres desprendidos.
Esa misteriosa afectividad es aprendida, pues es en el proceso de identificación con las figuras paternas que desarrolla esa solidaridad.
La tendencia egoísta permanece en el ser humano en la vida, pero necesita esos lazos afectivos, y necesita desprenderse de si mismo para completar su imagen humana. El yo egoísta es un ser humano absolutamente incompleto e inutil, solitario e incapaz de asumir valores superiores.
El hombre se encuentra con la aspiración a lo superior en esa dialéctica de la vida. La vida religiosa intenta poner el signo de la vida trascendente en la negación de los signos más notorios del yo egoísta: el placer, el poder y la riqueza material, por ello realiza los tres votos de castidad, obediencia y pobreza, como signo de la entrega al valor superior.
¿es esto raciona?, es más bien tema para otra entrada.

lunes, 7 de julio de 2008

A modo de presentación

Supongo que será fácil relacionar el nombre con el objeto. Camino al andar me habla de existencialismo y fenomenología, de Kierkegaard, Husserl y Antoine de Saint Exupery (el más querido). Precisamente porque en uno de mis andares supe dar clases de filosofía (antropología filosófica) y el archiconocido verso de Machado me permitía explicar ese conjunto de pensadores. Al mismo tiempo me permitió justificar porque a pesar del recorrido ya largo de vida, casi siempre estoy estrenando, es decir comenzando nuevas experiencias, al mismo tiempo de encontrar que soguen siendo las mismas.
Formado originalmente bajo la tutela de la formación escolar memorística y notoria (por el culto a la nota o calificación), solía pensar más en la certibilidad de la matemática con las ciencias exactas como única posibilidad de desarrollo vital. Así me encontré con las ciencias y los compañeros aspirantes a ingenieros mientras mis ojos se abrían a la vida política en el pequeño espacio del centro federado de estudiantes de ciencias.
Ese encuentro con los pensadores polìticos de izquierda me motivaron a la lectura, a la aventura habitual de la lectura, a las noches íntegras para devorar un libro que medio entendía, pero que me alimentaba de ganas de seguir leyendo. Aprendí de la fuerza del conocimiento adquirido por mi propio esfuerzo que permitía acceder a los exclusivos espacios de la polémica razonada y sustentada.
Eso, y lo mal que me empezaba a tratar académicamente cierto curso de ingeniería, me impulsaron a cambiar de carrera, optando por la economía. Había adquirido un ícono, que era Carlitos Marx, a quien consideraba en aquel tiempo un econ0mista. Me pareció conveniente estudiar esa carrera y abrir la perspectiva política.
Confieso sinceramente que ni al comenzar la ingeniería, ni al ingresar a la economía sabía con certeza de qué se trataba cada carrera, realmente pensaba que eso se vería en el transcurso, mientras uno vivía en la universidad.
Instalado en la economia, me aondicioné a la política. Hice la vida de militante, caminé por los espacios que brindaba la izquierda, otorgándole el tiempo necesario, quizá el más importante, no materialmente sino en forma de calidad, porque en su escala de valores uno pone lo trascendente como central, y eso era la militancia.
Pegado al mimeografo, recorriendo calles en pequeños o grandes mítines, repartiendo volantes creados bajo encargo por el equipo en el que trabajaba. La vida se volvía un servicio a la causa, la causa se convertía en una ideología, la ideología en un partido, el partido en una dirección, y no diré la dirección en un líder, porque eso nunca pasó, pero sí es real que la dirección establecía directivas, y nuestra tarea era cumplirlas. Eso era el aporte a la causa revolucionaria. La más absoluta incapacidad de poder dar a conocer las ideas propias. la más absoluta falta de esperanza de que esas ideas que pudiera expresar llegaran a tener algún eco. Porque nadie es absolutamente original, es más nadie es probablemente un poquito original, pero todos tenemos voluntas y entendimiento para querer aportar o decir lo que se piensa, y aunque la esperanza de influir sea mínima, eso es lo fundamental: tener la esperanza. Esa esperanza no existía en la militancia, sabíamos que teníamos que cumplir la estrategia y táctica que ya otros habían pensado.
En esas circunstancias recordé que tenía fe, que existía una Iglesia, que habían otras posibilidades. Descubrí que todavía era joven y que en la parroquia había vida. Recordé que sabía tocar la guitarra y no lo hacía tan mal. Pero descubrí algo más: la capacidad de pensar racionalmente. Al lado de eso otro gran descubrimiento: la posibilidad de ser escuchado. Eso es descubrí la esperanza, y retomé la persona como tal.
Al tiempo, y luego de vivir con intensidad la experiencia del joven, ingresé a la vida religiosa, dejé la economía y me empezé a llenar de filosofía y teología. A compartir la vida con otros aventureros que renunciaban al mundo por una actitud que se denomina vocación.
Bueno. Por ahora esto basta. Espero seguir más tarde, cono cosas más interesantes que la justificación de lo que pienso.
Algunas cosas que he escrito, o que estoy preparando, las pueden ver en www.cvelrey.unlugar.com